Las ciencias
del espacio me resultan apasionantes (entre ellas especialmente la astronomía,
la astrofísica y la cosmología). Su objeto está en pleno descubrimiento. Asistimos, pues, a algo totalmente nuevo y diferente. En general las demás
ciencias tienen su objeto definido. El cosmos es aún un objeto por definir,
extraño y ajeno por lo que de diferente tiene a aquello hasta lo que hace muy
poco ha sido lo único conocido, la Tierra. Es además el banco de pruebas de las
ideas y teorías más avezadas que ha creado el hombre, desde la cotidiana pero
no por ello incomprensible gravedad hasta la extraña y desafiante mecánica
cuántica. Mientras más conocemos más conscientes somos de lo poco que podemos
explicar. Porque la física, piedra angular de la astronomía, es una ciencia
descriptiva, pero no explica el cosmos, su origen último o su razón de ser,
porque realmente no sabemos qué es eso tan distinto llamado cosmos o universo.
Éste es un objeto exótico para nosotros, porque nuestra experiencia durante
milenios ha sido la que tenemos en este ínfimo coto llamado Tierra. Y de
pronto, desde hace menos de cien años descubrimos un objeto totalmente distinto
a lo que nos tenía acostumbrados la experiencia. Ésta supone el principal
aporte de conocimiento del mundo material que nos rodea. No teníamos
experiencia de la ingravidez, ni de las fantásticas medidas que imperan en el
cosmos, ni de las consecuencias de las teorías surgidas para explicarlo, como
la relatividad general o la mecánica cuántica. La intuición ya no sirve para
comprender el universo, todo es nuevo y distinto y sólo puede entenderse si
nuestra mirada es nueva, abierta y flexible. Es curioso, éstas son las mismas
características que nos ayudan a comprender y entender el mundo cercano al que
estamos acostumbrados. Y es que son las únicas características válidas para
comprender sin suponer, para juzgar sin prejuzgar.


Cuando
levantamos una piedra nueva, como en este caso el descubrimiento del cosmos,
nunca encontramos a Dios, pero nos abre nuevos horizontes al final del los
cuales puede pensarse que sí esté Dios. Y así vamos levantando piedra tras piedra,
y Dios siempre está un poco más allá. ¿Por qué Dios siempre está más allá y
nunca más acá? ¿Por qué no hay experiencia directa y objetiva de Dios? Lo
desconocido que veo en el cosmos es sólo desconocido, ¿por qué tengo que darle
una explicación tan extraña como Dios cuando simplemente puedo aceptar que no
sé lo que es? Durante milenios no se ha sabido qué era el sol, y se podían
adoptar dos posturas, o se le daba una explicación religiosa, es decir, se
explicaba como un Dios, el Dios Sol, o simplemente se aceptaba no saber lo que
era. Creo que es sólo la necesidad psicológica humana de tener todo bajo
control la que le lleva a tener que explicarlo todo, aunque se recurra a la
extraña y ajena idea de un Dios, antes que aceptar el desconcierto que puede suponer
el desconocimiento.

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