FOTOGRAFÍAS.


PULSA AQUÍ PARA VER LA GALERÍA DE FOTOS DE CABECERA.

ENTRADA SUGERIDA:

ESTRELLAS BRILLANTES Y ANGOSTOS ESPACIOS.

¿Qué hay que parece no ser?, ¿qué hay que por ser deja de ser? Fluyen erráticas y veloces las ideas en mi mente, por momentos estelas bri...

martes, 12 de agosto de 2014

ETAPAS DE LA VIDA Y EXPERIENCIA.

Cuando uno tiene cuatro o cinco años empieza a repetir que ya es un hombrecito, lo que le dicen los mayores. Ya en la pubertad empieza a creer que ya es un hombre, pues comienza a pensar por sí mismo y cree entender el mundo. En la adolescencia cree uno haber alcanzado el conocimiento del mundo y saberlo todo, entre otras cosas que todos los demás, especialmente los mayores, están equivocados, y que uno no caerá en la trampa de vivir como ellos (ja, ja, perdón, pero es inevitable que me dé la risa).

Pero el tiempo pasa y a los treinta años se comprenden cosas que no estaban al alcance de la comprensión con veinte años, y empieza uno a entender cosas que antes parecían baladíes o propias de mentes rancias. Y así se llega a los cuarenta, y no sólo se comprenden más cosas, sino que empezamos a entender a nuestros padres, cosa que parecía imposible en los estadios anteriores. El trabajo y la familia convierten la responsabilidad en algo ineludible, algo que hay que asumir. Las cosas se ven muy diferentes. Luego llegan los cincuenta y ya la experiencia comienza a tener un grado de importancia. La perspectiva del tiempo hace entender muchas cosas. Los sesenta consolidan esa tendencia y cada vez se tienen menos ganas de tonterías. El deterioro físico empieza a tener cierta importancia. A los setenta la jubilación marca un estadio diferente. Las responsabilidades cambian. En muchos casos ya se afronta el cuidado de los nietos. La perspectiva del mundo se ha ampliado, y su comprensión también, pero el aspecto físico se ha deteriorado tanto que compensa negativamente nuestra visión más abierta del mundo. A los ochenta se toma plena conciencia de la muerte y de que se está en la cuenta atrás. Se asume la muerte, aunque cueste. La experiencia está en su máxima expresión, pero la falta de reflejos mentales hace que uno se sienta inútil, pues a nadie parece importarle sacar rédito a esa experiencia, como si la vida de un anciano fuera una vida vacía.

Cruel es la vejez, demasiado quisiérase decir.

Por Pólux.

lunes, 11 de agosto de 2014

LO OBVIO, LA CRÍTICA Y LA FORTALEZA.

Hay cosas de sentido común, obvias y básicas, y sin embargo no las tenemos en cuenta. Por ejemplo, salvo por interés propio, nada debiera importarnos la opinión que otras personas puedan tener sobre lo que hacemos o pensamos, pues es obvio que cada uno tiene que pensar por sí mismo y actuar en consecuencia. Los cotilleos y críticas basados en aspectos personales, como la forma de pensar o actuar, no tienen ni fundamento ni razón de ser. Nada debieran, pues, importarnos.

Pero en muchos casos nos importa y nos afecta. Y ese no es ya un problema del otro sino mío por tener en cuenta lo que no debiera. Si me llaman feo y me lo creo es porque en el fondo pienso que soy o puedo ser feo. Si yo me gusto y me considero normal, el que me llamen feo no pasa de ser una anécdota, una pataleta de alguien que quiere molestarme pero que no puede. Pues igual pasa con esas cosas obvias como las críticas personales. Si le damos importancia es porque en el fondo creemos que la tienen, lo cual es un problema nuestro, no de quien pretende molestarnos o insultarnos.

Por todo ello es muy importante conocernos y aceptarnos (siempre que podamos), pues ello nos dará la fortaleza y la seguridad suficientes para distinguir lo importante de lo que no lo es en las críticas personales o cuando intentan ofendernos. No ofende el que quiere, sino el que puede, y puede aquél a quien mostramos nuestra debilidad. Y es que la debilidad nos hace dependientes, la seguridad fuertes.

Por Pólux. 

domingo, 10 de agosto de 2014

SOY ADICTO, NECESITO MI DOSIS.

Como veréis hemos dado unos retoques a la cabecera del blog, y hemos incluido una pequeña imagen de nuestra atalaya, desde la que hacemos habitualmente Obtentalia.


Pulsar para agrandar.
Por cierto, impresionante la fotografía de hoy de María Ruda, que a la derecha reproducimos.

Y vamos con la entrada de hoy, una confesión que me siento obligado a hacer, aunque no sé bien por qué.

Tengo que confesar algo. Desde hace pocos meses soy adicto a uno de esos productos manipulados cuyo consumo anula por completo la voluntad. Me cuesta reconocerlo, pero así es, y creo que hacerlo público podrá ayudarme a superarlo.

Al principio fue algo inocente, sólo la curiosidad de probar algo nuevo y distinto que ya conocía y había probado mucha gente, y experimentar si realmente aquello me producía sensaciones que no hubiera tenido antes. Y algo así sucedía, me producía una cierta sensación de alivio, muy placentera.

La primera vez que lo probé me cautivó sutilmente, y poco a poco, casi sin darme cuenta, adquirí la necesidad de consumirlo más habitualmente. No se lo conté a nadie porque ni quería reproches ni me sentía orgulloso de mi dependencia. Entonces intenté dejarlo, y fue cuando realmente adquirí conciencia de que estaba "enganchado".

A veces incluso me ha sentado mal, y hasta he vomitado alguna noche, generalmente porque me he excedido en la dosis. Pero al día siguiente vuelvo a sentir una irrefrenable necesidad de tomarlo.

Lo confieso sin más, soy adicto al gazpacho.

Por Cástor.

sábado, 9 de agosto de 2014

FOTOS Y MÁS CONVERSACIONES CON EL TOMATE.

¡Que refrescante la fotografía de hoy! Dan ganas de zambullirse en el agua. De nuevo se trata de una fotografía de María Ruda, nuestra colaboradora fotográfica. Y mañana otra, así que ya tenéis un buen motivo para volver por Obtentalia.

En la entrada de este martes pasado ("CUANDO CONOCÍ AL TOMATE CONVERSADOR") referí un extraño sucedido con un tomate en el frigorífico de mi casa. Hoy hablaré sobre alguna conversación que mantuve con él y las reflexiones que ambos hicimos.

Aquella mañana aún tenía el tomate muy buen aspecto. Su mirada era muy reflexiva. Parecía que la toma de conciencia de su vida, lejos de alegrarle le preocupaba. "¿Por qué he de saber que soy un tomate y tomar conciencia de mis grandes dificultades y limitaciones?", se preguntaba. Hubiera preferido ser un tomate más, sin saber, y acabar masticado en la barriga de alguien, así al menos daría cumplimiento a su naturaleza.

- Si mi naturaleza como tomate es la de posibilitar el proceso de reproducción de la tomatera, manteniendo en mi interior las semillas que luego germinarán, ¿qué me añade ser consciente de ello para llevar a cabo mi misión? -se preguntaba en voz alta el tomate, tranquilo ante mi promesa de no comérmelo.

- No entiendo nada -se repetía una y otra vez.

Le interrumpí queriendo consolarle:

- La inteligencia y la razón nos dan la posibilidad de conocer, pero no de comprender los motivos de nuestro cautiverio mental, aunque estoy convencido de que algún día nuestro nivel de conocimiento nos permitirá cierta comprensión.

Pero el tomate me miraba de reojo, sin convencerse totalmente de que yo no fuera la causa de lo que le sucedía.

-No, yo no tengo nada que ver con la emergencia de tu conciencia -le dije queriendo parecer convincente, algo innecesario ya que era verdad.

- Entonces, ¿por qué eres tú el único ser consciente que aparece tras la puerta?

¿Cómo explicarle al tomate mi vida y mis limitaciones si no va a poder entenderlo dada su muy limitada experiencia de la realidad?, ¿cómo hacerle ver que yo no soy quien la ha dado la conciencia, que yo no soy su Dios?

Por Pólux.

viernes, 8 de agosto de 2014

EL POETA: BRISA, MÉDANO Y SENTIMIENTOS.

Ayer leíamos una poesía de Juan Ramón Jiménez llena de significado, más del que las palabras con que la escribió puedan contener. Es el "milagro" de las palabras.

Hoy contemplamos el mismo paisaje que él conoció, sentimos la misma brisa que a él refrescó, subimos el mismo médano que ya él bajó, y sentimos, sobre todo sentimos, como sintió él.

Un privilegio el de encontrar escritas ideas que nunca hubieses sido capaz de expresar con palabras. Agradecido estoy por ello, e impotente, sobre todo impotente, por no ser capaz de hacerlo yo.

Por Pólux.

jueves, 7 de agosto de 2014

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ Y SU JARDÍN.

Hoy le dedicamos la entrada, como ya hemos hecho en otras ocasiones, al poeta Juan Ramón Jiménez, nacido muy cerca de la costa onubense donde está nuestra atalaya. Un andaluz universal de quien siempre nos gusta recordar alguna poesía que seguro nos dará que pensar y nos hará reflexionar. Os dejamos con la siguiente, a medio camino entre la poesía y la prosa. Todo un deleite su manejo del lenguaje y su forma de construir frases, en ocasiones de apariencia fácil, como nos parece en este caso, pero con la profundidad única propia de su estilo. Todo un regalo para nuestra mente.



«¿Soy yo quien anda...?»
Por Juan Ramón Jiménez.


¿Soy yo quien anda, esta noche,
por mi cuarto, o el mendigo
que rondaba mi jardín,
al caer la tarde...?

                             Miro
en torno y hallo que todo
es lo mismo y no es lo mismo…
¿La ventana estaba abierta?
¿Y no me había dormido?
¿El jardín no estaba verde
de luna...?… El cielo era limpio
y azul… y hay nubes y viento
y el jardín está sombrío…

Creo que mi barba era
negra... Yo estaba vestido
de gris… Y mi barba es blanca
y estoy enlutado… ¿Es mío
este andar? ¿Tiene esta voz,
que ahora suena en mí, los ritmos
de la voz que yo tenía?
¿Soy yo, o soy el mendigo
que rondaba mi jardín,
al caer la tarde...?

                            Miro
en torno… Hay nubes y viento…
El jardín está sombrío…

… Y voy y vengo… ¿Es que yo
no me había ya dormido?
Mi barba está blanca… Y todo
es lo mismo y no es lo mismo…


Tomado de «Jardines místicos », en Jardines lejanos, 1903-1904.



Por Pólux.

miércoles, 6 de agosto de 2014

LA PERSPECTIVA DEL TOMATE Y EL PROGRESO.

El tomate del que hablé ayer, me dijo algo que no por obvio era menos trascendente: "Mi realidad es muy distinta de la tuya, pero ambos coexistimos en el tiempo". Sostenía la teoría de que el tiempo, la sucesión de momentos, podía ser un nuevo Dios al que "adorar".

Lo cierto es que al ser su realidad distinta a la mía también lo era su perspectiva de las cosas. Pero sus vivencias mentales no parecían ser tan diferentes a las mías..., ¿tendrá el mismo origen que yo? Ni él ni yo lo sabíamos, ni creo que pueda saberse sin un mirada nueva, fresca y distinta de la realidad, que descubra nuevos puntos de vista, como lo hizo en su día Einstein.

La mirada que tenemos ya sabemos hasta donde alcanza a ver, la mirada nueva siempre irá un poco más allá, y permitirá la comprensión de lo que a priori no podía serlo (ese es el principio del progreso humano).

Por Pólux.

martes, 5 de agosto de 2014

CUANDO CONOCÍ AL TOMATE CONVERSADOR.

Que cosa más rara me pasó el otro día. Abrí el frigorífico para coger algo y me pareció que un tomate salía corriendo a esconderse al fondo. No puede ser. Cerré la puerta, esperé un minuto y volví a abrirla con rapidez. ¡No había duda!, el tomate se había movido para esconderse. Me agaché y, sintiéndome algo ridículo, le pregunté al tomate, "Oye tomate, ¿estás vivo?". Cuál no sería mi sorpresa cuando el tomate se dio la vuelta y mirándome me dijo: "Sí, pero por favor no vaya a comerme".

No daba crédito a lo que estaba sucediendo, pero aquello era real.

- ¿Cómo puede ser que estés vivo, tomate? -le pregunté intrigado.
- No lo sé, me desperté ayer y me di cuenta de que estaba encerrado en esta caja tan fría, y que tras la puerta hay un mundo diferente del que vienes tú para comerte lo que hay dentro -contestó el tomate con voz lastimera.
- Pero, ¿quién te ha dado la vida? -volví a preguntar sin entender nada.
- No lo sé, pensaba que tal vez tú me la diste, pues eres más poderoso que yo, que tengo limitada mi vida a esta caja y a tus deseos de comerme.

Intenté poner en orden mis ideas por un instante. Aquello no podía ser. Así que me volví hacia él y le dije:

- Tú no puedes pensar, no tienes cerebro, ni conciencia, eres un tomate.
- Pues eso mismo digo yo. Sólo quiero ser un tomate, como los demás, pero aquí estoy, hablando contigo.

Por unos instantes nos quedamos en silencio, como si tanto él como yo necesitáramos asimilar aquella situación.

- Si quieres puedo dejarte salir de aquí para que vayas donde quieras -le dije sabiendo que jamás podría comerme un tomate que hablaba y razonaba como yo.
- No conozco ese mundo tuyo y me da miedo, pero gracias.
- No hay de qué, aquí puedes quedarte todo el tiempo que quieras sin peligro a acabar en una ensalada o un gazpacho.

A la tercera semana el tomate estaba tan deteriorado que apenas podía moverse y articular palabra. Hasta que murió. ¿Puede morir un tomate? Y ahora echo de menos el tomate orador con quien mantuve interesantes discusiones a lo largo de casi dos semanas, y cuya misteriosa vida sigo sin entender. Adivino vuestros gestos de incredulidad (estoy acostumbrado), pero os aseguro que aquello sucedió tal como lo he contado.

Por Pólux.