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jueves, 30 de abril de 2026

¡CUÁN SUFRO LO MALO!, PROBECITO.

Nos gusta presumir de lo bueno y también de lo malo. Tenemos que ser los primeros, aunque sea para lo negativo.

Ya es una falta de humildad, de nobleza y de respeto por lo ajeno presumir de lo bueno, no digo ya de lo malo.

Lo negativo tiene la connotación del sufrimiento y el padecimiento al que estamos sometidos. Y en ello subyace la necesidad de aprobación y reconocimiento por parte de los demás, lo que implica falta de fortaleza interior y de criterio propio, pues es nuestra debilidad la que nos hace necesitar la aprobación que nos haga sentir llenos e importantes. ¿Por qué si no nos importa tanto el reconocimiento de los demás?, ¿por qué si no anteponemos contar lo negativo a lo positivo?

Una buena medida del sano equilibrio mental es la forma en que uno habla de su trabajo, por poner un ejemplo. Descartando los casos extremos, es habitual escuchar a alguien comentar los sinsabores y aspectos negativos de su trabajo, obviando lo positivo, que, salvo quien lo refiere, ven los demás (te cuentan lo sacrificado que es trabajar un turno de noche, pero no los días libres que por ese turno les deja el trabajo). Ahí está la falta de equilibrio, el sesgo de querer hacer ver a los demás el protagonismo de nuestro padecimiento, su aceptación por los demás.

Lo importante no es lo que somos y descubrir eso que ya somos, no, parece que lo importante es llenar el vacío que creemos que somos con algo tan ajeno como la opinión de los demás. Porque a eso se reduce nuestra expectativa en la opinión de los demás, sentir que somos parte de la creencia de otros. ¡Cuánta pérdida de tiempo y de trabajo! Todo está ya en nosotros y nuestra verdadera debilidad es no ser capaz de verlo.

No hay más que darse una vuelta por YouTube para ver la confusión existente entre tener criterio propio y originalidad, y ser capaz de decir cualquier disparate con tal de distinguirse de los demás.

Por Francisco García Navarro (Pólux).